Derivas por São Paulo: Un Intento de Traducción

“Al traducir cambiamos aquello que traducimos, y sobre todo, nos cambiamos a nosotros mismos”.

Octavio Paz, El signo y el garabato

En un texto titulado Ciudad líquida, ciudad ininterrumpida (1997), el antropólogo catalán Manuel Delgado (Universitat de Barcelona) hacía referencia a una distinción fundamental entre lo que según él sería la “historia” de una ciudad y las “historias” urbanas —pasadas, presentes y futuras— de esa misma ciudad. En efecto, ambas cosas no son lo mismo:

“La primera remite a la historia de una materialidad, la segunda a la de sus utilizadores, es decir sus usuarios. La primera habla de la forma, la segunda de la vida que tiene lugar en su interior, pero que la trasciende. La primera atiende a lo estable, lo segundo se refiere a las transformaciones o a las mutaciones, o, todavía mejor, lo que la escuela de Chicago cifraba como la característica principal de la urbanidad: el exceso, la errancia, el merodeo[1].

Es precisamente ahí, merodeando entre el exceso, habitando en el interior de la experiencia propia del errante, donde el ojo extranjero puede percibir asombrado la ciudad extraña como un lugar en continua transformación, como un espacio mutante y alucinante. En un primer momento, puede parecer que una ciudad tan “monstruosa” como São Paulo es un lugar ciertamente inhóspito, imposible de conocer por medio de la experiencia propia del paseante. Es cierto que, en principio, esta ciudad no invita a pasear-merodear. Sin embargo, incluso una ciudad tan enorme y tan aparentemente caótica, diseñada sin duda para favorecer casi en exclusiva el tránsito de los automóviles, ofrece a aquel que quiera perderse por sus calles algunos signos de una vitalidad, resistencia y potencia crítica sorprendentes para alguien que venga de fuera (en mi caso de Europa), y que disponga del tiempo suficiente para salirse del flujo cotidiano impuesto por el ritmo de los coches que, casi nunca, consiguen llegar aquí puntuales a una cita.

Si —como se viene sosteniendo desde finales de los años ’50, a partir de las experiencias propuestas en su día por los situacionistas— la errancia a través del espacio urbano puede llegar a suponer una forma de resistencia, si el paseo y el merodeo por los márgenes equivale a una forma crítica de pensamiento y movimiento alternativo en la contemporaneidad, debemos concluir que, efectivamente, habrá que dedicarse a ello con fuerza y tesón constantes, como una posible estrategia para poder hacer de la ciudad un lugar mínimamente habitable, aunque solo sea en nuestra imaginación. Por algo se empieza. Italo Calvino ya nos mostró a través de su genio literario algunas “ciudades invisibles”; hoy en día solo nos cabe imaginarnos otras ciudades a partir de nuestra propia experiencia cotidiana en el ámbito urbano.

En esta sección que hemos decidido titular “Derivas por São Paulo” vamos a tratar de mostrar, o mejor, vamos a tratar de dejar constancia de algunos de estos merodeos buscando lo que la ciudad nos quiere decir. Para ello nada mejor que leer, literalmente, la ciudad. En este caso “leer” quiere decir “leer”, sin más. No se trata, por lo tanto, de “leer entre líneas” o de interpretar aquellas claves de la ciudad que deberían ser “leídas” en clave antropológica, sociológica, etc. No. Insisto: en nuestro caso nos vamos a dedicar a leer lo que la ciudad nos dice de forma literal. Como merodeadores que pretenden compartir sus derivas, no nos queda más remedio que dejar constancia de estas lecturas y, dado que soy extranjero y mi lengua es otra, no queda otra alternativa más que hacer un ejercicio constante y simple de traducción. ¿Qué es lo que nos están queriendo decir los habitantes de este espacio caótico, sus utilizadores, sus moradores, aquellas criaturas que se dedican a dejarnos mensajes por toda la ciudad?

LAMBE-LAMBE…, QUE ALGO QUEDA

¿Qué significa esto de “leer” la ciudad de forma literal? Desde que llegué a São Paulo hace ya casi cinco años, una de las cosas que más me llamó la atención desde un primer momento fue que se trataba de una ciudad literalmente “empapelada”. También me llamaron mucho la atención una especie de graffitis caligráficos que aquí llaman “pichação”. Pero más que estas enigmáticas pintadas, lo que atraía constantemente mi atención eran todos estos carteles de papel pegados por las paredes de la ciudad. Después de un tiempo supe que esta forma de expresión urbana se conoce aquí como “lambe-lambe”, que era como se conocía antiguamente a los fotógrafos ambulantes que hacían su trabajo en puestos callejeros.

Se trataba originalmente de fotógrafos anónimos, populares y autodidactas casi siempre, que desarrollaban su actividad en los espacios públicos en las grandes ciudades de Brasil como São Paulo o Rio de Janeiro. Hasta hace algunos años parece ser que era muy común encontrárselos en cualquier plaza, parque o jardín encapuchados y prácticamente fundidos a unas misteriosas cajas de madera sostenidas por trípodes.

El fotógrafo lambe-lambe llevaba a cabo su labor con una cámara-laboratorio portátil: una caja de madera con una lente incorporada y apoyada en un trípode. La cámara, a su vez, estaba dividida en dos partes: la parte inferior contenía los dos baños (revelador y fijador), que eran utilizados al mismo tiempo para el procesamiento químico de los negativos y los papeles fotográficos. Las fotos, por lo tanto, eran reveladas in situ, casi de forma inmediata a la captura de la imagen, lo que daba al fotógrafo una gran movilidad ya que no precisaba ir al laboratorio para revelar.

Si hubiera que escribir una historia abreviada de la fotografía portátil, se podría decir que estos lambe-lambe eran una especie de pioneros de la polaroid.

Existen diversas teorías sobre el origen del nombre “lambe-lambe”. Según una de las más extendidas, el revelado de las fotos en este tipo de máquinas exigía un tiempo mínimo de lavado y una mínima cantidad de agua. Por lo tanto, para garantizar la calidad de los trabajos, los fotógrafos lamían (‘lamber’ en portugués significa ‘lamer’) las fotos durante el proceso de lavado para comprobar así tanto la calidad de la fijación, como la del lavado del papel. En la actualidad podemos ver algunas zonas de la ciudad cuya paredes y muros quedan cubiertos con estos “lambe-lambe” que hoy han pasado a ser otra cosa: carteles pegados (como si hubieran sido “lamidos”) a la pared, de carácter generalmente reivindicativo. Algunas veces se trata de poemas, otras son declaraciones de amor, en otras ocasiones se trata, simplemente, de imágenes decorativas…

Mientras me pierdo una vez más por las calles de São Paulo fotografiando estos sugestivos carteles, a veces me siento en una terraza o en un parque a leer un rato. En el capítulo IX de la primera parte del Quijote me encuentro de sopetón con una cita que me hace resonar en la cabeza esta manía mía por leer los lambe-lambe que me voy encontrando constantemente por la ciudad. Escribe Cervantes: “[…] y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado de esta mi natural inclinación […]”. Pues bien, justamente este sería mi trabajo de recopilación, lectura crítica y, finalmente, traducción de algunos de estos lambe-lambe que se pueden ver en São Paulo con solo pisar la calle. “Comprender —escribe Jacques Rancière— solo es traducir, es decir, proporcionar el equivalente de un texto, pero no su razón”[2]. Pues bien, en esto se puede resumir nuestra natural inclinación: comprender el medio en el que vivimos.

No se trata, por tanto, de escribir la historia de la ciudad ni de buscar sus posibles razones, sino de llamar la atención sobre algo de lo que está ocurriendo en su interior en este mismo momento. El lambe-lambe, siguiendo el razonamiento de Manuel Delgado que veíamos al principio, pertenecería a estas categorías propias de la urbanidad: el exceso, la errancia y el merodeo; categorías a las que se podría también añadir: el deseo por expresarse, el delirio necesario para salirse de los caminos trillados, la carga poética del gesto improductivo que, teóricamente, “no sirve para nada” y que, muy al contrario, nos sirve para comprender la ciudad más allá de los estudios académicos empeñados más en explicar las cosas más que en entenderlas de verdad. “Aprender y comprender —añade Rancière— son dos maneras de expresar el mismo acto de traducción. No hay nada detrás de los textos sino la voluntad de expresarse, es decir, de traducir”[3].

La traducción, por tanto, no sería más que una imprescindible labor de mediación; una labor a la que el poeta Jorge Riechmann concede una enorme importancia, puesto que equivale a lo que él llama el “encuentro con el otro más allá de la frontera”. Según Riechmann, “para que el mundo se convierta en un lugar decente, hacen falta muchos más traductores […]”[4]. Pues eso.

Antonio J. Pradel (Madrid, 1975)antonioperfil, escritor. Vive y trabaja en São Paulo. Con formación en Historia del Arte y Bellas Artes, tiene tres libros publicados en la editorial Bellaterra (Barcelona). Recientemente ha salido publicada en Brasil parte de una entrevista que, junto a Aurora Fernández Polanco, le hicieron en colaboración a Suely Rolnik (A hora da micropolítica. São Paulo, n-1 edições). Actualmente se encuentra traduciendo al español los poemas de João Cabral de Melo Neto que tienen relación con la tauromaquia y el flamenco. Colaborador habitual de la revista “El Estado Mental”.


[1] Manuel Delgado Ruiz: Ciudad líquida, ciudad ininterrumpida. (Apuntes para el seminario en la Biblioteca Pública Piloto). Posgrado de Estética de la Universidad Nacional de Colombia, Medellín, 4 al 6 de agosto de 1997, p. 11. Este trabajo sería publicado posteriormente como libro en 1999.

[2] Jacques Rancière: El maestro ignorante. Barcelona, Editorial Laertes, 2002, p. 10.

[3] Idem.

[4] Jorge Riechmann: Poesía en traducción. Madrid, Círculo de Bellas Artes, 2007, p. 44.

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